El Déficit Público y la expulsión de la inversión privada


En este nuevo día aciago para nuestro país en el que nuestros gobernantes vuelven a mostrar la talla de su intelecto contándonos que van a luchar contra el déficit mientras planean aumentar el año que viene los gastos del Estado incluso por encima de lo que se supone que aumentarán los ingresos gracias al incremento de impuestos que aún nos espera, aquí os traigo una entrada especial que intentará demostrar uno de los efectos más perversos que tiene un Déficit Público continuado.

Así, esta entrada va dedicada a los que les gusta la economía de país en estado puro. No es una lectura fácil así que, querido lector, mientras traigo al blog otra entrada que estoy preparando sobre el tamaño del Estado, si no eres amante de profundidades intelectuales, deja su lectura para cuando te sientas con ánimos suficientes.

Para los que sí les guste comprobar como muchos de los gurús de economía cuyo nombre resuena en los medios universitarios de medio mundo no dicen más que mediocridades, eso sí, muy bien adornadas, aquí os dejo lo que sigue.

Dada la actualidad del tema he creído interesante rescatar un trabajo de mi doctorado en Política Económica que viene a dejar bien claro la falta de sentido de muchos de los argumentos que han sido utilizados y aún hoy son defendidos por economistas de los más diversos orígenes para analizar el uso y el abuso de Déficits Públicos en escenarios de crisis.

El Déficit Público ha sido considerado con frecuencia el principal responsable de la elevación de los tipos de interés, aunque no exista consenso sobre tal vinculación entre los economistas. De esta vinculación nace la conocida demonización de estos Déficit. Y ello porque, de ser así, suponen la expulsión, o crowding-out, de los prestatarios privados de los mercados de capitales con lo que esto significa de ralentización del crecimiento económico de cualquier país.

En esta entrada os voy a dejar un trabajo -al final de la misma tenéis el enlace al PDF- que realicé para el doctorado en el que analicé detalladamente las corrientes o escuelas de pensamiento que sobre el Déficit Público circulan por los ámbitos académicos de más prestigio. La crítica que ha de nacer de la lectura de este análisis espero que sirva a los que, conmigo o detrás de mí, quieran establecer un modelo consistente para estudiar el efecto de los Déficit Públicos en el resto de las variables económicas esenciales de un país occidental. En este trabajo se apuntan muchos de los supuestos que podrían formar la base sobre la que se edificará un modelo que aúne los ímpetus académicos de las distintas corrientes, hoy demasiado divergentes.

El trabajo comienza con un estudio de las distintas escuelas de pensamiento. Continúa con un bosquejo, muy somero y como referencia para posteriores desarrollos, del modelo tradicional de Modigliani y Japelli sobre el tema. Luego se muestra la visión que de la influencia de los Déficit tiene la escuela ricardiana, con su teorema de la equivalencia ricardiana que iguala efectos de Déficit e impuestos, cuyo máximo exponente es Robert Barro. También se incluye la versión que del problema tiene la corriente keynesiana, defendida por Eisner , para concluir, se expone el punto de vista de la corriente neoclásica, defendido por Bernheim.

Estas tres escuelas de pensamiento no agrupan a todos los autores que tratan sobre los efectos de los Déficit Públicos en las economías occidentales, pero sí son éstos los únicos que se han constituido voluntariamente en escuelas bajo nombres comunes.

Otros grandes economistas que han publicado sobre el tema son Martin Feldstein , Blanchard y Summers . Feldstein defiende con gran énfasis el papel desempeñado por los Déficit futuros en la determinación de los tipos de interés. Para él, la condición de equilibrio en los mercados financieros es que, excepto por los efectos de la aversión al riesgo, el rendimiento esperado ha de ser el mismo para todos los activos. Por ello, los tipos de interés a largo plazo deben incorporar la información relativa a los tipos a corto plazo futuros y, en consecuencia, a las variables que en el futuro puedan afectarlos. Feldstein considera el Déficit estructural esperado como la variable clave, entendiéndose por Déficit estructural aquel que se produciría si la economía se hallase en su nivel potencial, algo parecido a lo que Bernheim entiende, como después veremos, como Déficit permanente. El nivel potencial de producción es para Feldstein el que se alcanzaría si la tasa de paro correspondiese a su nivel NAIRU, la tasa mínima de paro compatible con procesos no acelerados de inflación. Blanchard y Summers consideran una mejor opción la utilización, en el mismo sentido que Feldstein, del Déficit esperado cíclicamente ajustado, pues el Déficit estructural infravalora, para ellos, la magnitud del mismo y su efecto sobre las variables económicas en períodos prolongados de alejamiento de la economía de su senda potencial.

Del análisis crítico de estas tres corrientes de pensamiento podemos resaltar lo siguiente. Por un lado, parece que se ha perdido un poco el norte en lo que a los estudios sobre los Déficit Públicos se refiere. Hay que plantearse, como base esencial de partida, unos supuestos más realistas.

No se puede estudiar el problema del Déficit desde el punto de vista de que estos sirvan para financiar una reducción inicial de impuestos ante un gasto público que permanece constante en el tiempo. Esto no sucede en ningún país moderno. Basar el análisis en esta idea lo hace impracticable si uno quiere teorizar sobre la realidad de un gobierno que incurre en Déficit para financiar un gasto público en consumo creciente que no puede ser cubierto con los impuestos existentes ni con impuestos extraordinarios que los contribuyentes no están dispuestos a aceptar por el alto nivel impositivo que ya soportan. Realidad esta última que es la posición de partida más común de los gobiernos occidentales cuando incurren en Déficit presupuestarios.

En el caso más realista de altos niveles impositivos que no permiten nuevos gravámenes ordinarios u extraordinarios de ningún tipo y un Déficit Público generado como consecuencia del deseo de los gobernantes de extender aún más su gasto corriente en consumo, no se cambiarían impuestos actuales por impuestos futuros, sino que los contribuyentes que en el futuro tengan que hacer frente al pago de la Deuda, o bien sufrirán una presión impositiva desproporcionada y ralentizadora del crecimiento económico, o bien sufrirán recortes en otras prestaciones de servicios públicos, recortes que habrán de ser suficientes para financiar la carga de devolver lo prestado.

Tampoco se puede suponer la presencia de unos consumidores con una visión tan amplia que son capaces de adaptar su consumo según la renta esperada para todo su ciclo vital. Para la mayor parte de nuestros gastos en consumo sólo tomamos en cuenta nuestra renta corriente, la percibida realmente en el período actual, junto con una visión más o menos aproximada de lo que Friedman denominaba la renta permanente. Es imprescindible profundizar en el estudio de una función coherente de consumo, que abarque los conceptos de renta corriente, renta permanente y renta del ciclo vital, tal como se bosqueja en el Apéndice 1.

No se puede uno adentrar en campos de la economía que no se conocen con precisión y menos para hacer afirmaciones del tipo de las que hace Eisner al pregonar las bondades de una política monetaria muy expansiva. Máxime cuando esta política es tan denostada, por su importancia en la creación de procesos inflacionarios y desarreglos económicos estructurales, hoy en día por los mejores expertos en la materia.

Tampoco se puede, y esto en ningún estudio teórico que se precie, sustentar la validez de unos conceptos en la no-existencia de alternativas válidas como hace Barro en defensa de su alternativa ricardiana. Y ello porque, aunque no existan otras alternativas, la mera enunciación de este aserto descalifica cualquier estudio en que se utilice.

Por otro lado, aunque Barro rebate (eso sí, desastrosamente, pues todo hay que decirlo) un supuesto de imperfección de los mercados de capitales que lo contempla, en ninguno de estos tres modelos de estudio se trabaja en profundidad sobre el problema de la calidad de la Deuda pública y la competencia que esta supone en la lucha por obtener recursos líquidos en los mercados de capitales privados. En el concepto de calidad de la Deuda Pública se incluyen la seguridad, la liquidez y la rentabilidad. La suma de estos tres conceptos es lo que atrae a los inversores o prestamistas hacia un tipo u otro de pasivo ajeno.

Tampoco se habla de las distorsiones en la asignación de recursos que la entrada del gobierno en los mercados de crédito privados y su asignación de gasto, con un grado de eficiencia menor que el de la iniciativa privada, supone. Esta reasignación del gasto en inversión y en consumo puede suponer que muchas empresas dependientes, en su vertiente de ingresos, del sector público pasen a ser generadoras de producción computable en el PIB, mientras que otras empresas, las que se movían dentro de los parámetros de la economía privada, dejen de obtener una parte importante de sus ingresos por la más que posible reducción en la existencia de recursos líquidos afectos a la empresa privada. La distorsión en la producción puede, y de hecho creo que así sucede, ocasionar, durante el tiempo que tarde el mercado productivo en reajustarse, una disminución de la producción global de la economía.

Sin embargo, algunas cuestiones que sí se plantean resultan de interés para incluirlas en un estudio que, desde un punto de vista más realista, hay que llevar a cabo sobre el efecto de los Déficit Públicos en las economías que los soportan. Las transferencias intergeneracionales y sus alteraciones ante tipos de interés más altos esperados en el futuro. La distinción entre pleno empleo de los recursos productivos y pleno empleo de los recursos de capital líquido. La no-existencia de pleno empleo de mano de obra (less-than-full-employment). La existencia de un Déficit permanente, la media a largo plazo, y un Déficit temporal, variaciones sobre la media a largo plazo. La importancia de la correcta medición del Déficit Público. El posible efecto contractivo sobre el consumo y la inversión de la reducción de los Déficit Públicos y la forma de evitarlo. El estudio del efecto de los Déficit sobre la inversión neta. La inflación y su efecto sobre el valor real de los Déficit. La indivisibilidad del origen del déficit Público entre una parte destinada a la inversión en capital productivo (FBCF) y otra dedicada al consumo público corriente. El concepto de equilibrio para una economía en crecimiento, apuntado por Eisner, como aquel en que el ratio deuda/PIB se mantiene constante.

Por último resultaría interesante el contraste de la existencia de un nivel de desempleo NAWRU (Non Accelerating Wages Rate of Unemployment) como nivel de pleno empleo de los recursos laborales, en contraste con el conocido NAIRU (Non Accelerating Inflation Rate of Unemployment).

Como punto final añadir que la elaboración de un modelo teórico realista para estudiar los Déficit Públicos ha de incluir conceptos y supuestos utilizados por las tres escuelas de pensamiento aquí analizadas. Creo que las tendencias actuales en lo que a este estudio se refieren no van bien encaminadas. Opino que se debería volver sobre el modelo clásico de Modigliani y Japelli para, utilizando lo mejor de cada escuela junto con conceptos no trabajados como los apuntados en esta conclusión, elaborar una estructura analítica que permita estudiar las bondades y defectos de los Déficit Públicos tal y como se generan en las economías occidentales.

Para terminar la entrada, aquí os dejo el trabajo completo -> LAS ESCUELAS DE PENSAMIENTO Y EL DÉFICIT PÚBLICO.PDF. Espero que los amantes de la economía disfruten con su lectura como yo disfruté con su redacción.

Autor: Rafael Hernández Núñez

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